Luego de ejercer durante casi cinco décadas como médico veterinario, a Oscar Sasso le llegó la hora de la jubilación. Sin embargo, esto no significa que el abuelo vaya a mantenerse quieto. “Lo que hago a veces es colocar prótesis dentales en animales, para alargar la vida útil a las vacas de cría, porque siempre me dediqué al campo. Lo hago a través del Laboratorio Dental Ganadero, que está en la zona de Villa Crespo, en Buenos Aires”, señaló el anciano.
En la planta alta de su hogar en Bahía Blanca tiene un pequeño taller en el que disfruta de reparar todo lo que se vaya dañando en su casa. Con lo que el no contaba, era que se rompería algo que no pudo reparar por si mismo.
Un abuelo muy creativo
“Cuando era chico trabajé en talleres, rectificaba válvulas, arreglaba tractores con mi padre, que era contratista rural. Estaba bajando unas maderas del techo, me faltaba un escalón, y di un saltito. Me olvidé que tenía un alambre pendiendo del techo, en el que cuelgo algunos elementos para poderlos pintar. Y se me enganchó en la oreja y me rasgó el pabellón auricular hasta arriba. No me afectó la audición ni me sangró demasiado, porque ahí es cartílago y piel”.
Lo que la mayoría habría pensado era en ir de inmediato hasta un hospital para que un médico cerrara la herida. Pero en momento de Covid 19, esto genera miedo, pues significa exponerse al contagio del virus. De igual forma pasa con las enfermedades que existen aparte de la pandemia y cada día empeoran la crisis sanitaria.
Ir a un hospital podría ser peligroso para la salud de Oscar
Oscar, goza de un buen estado de salud, pero su edad supone un factor de riesgo a pesar de que no tenga ninguna comorbilidad. “Tengo miedo al contagio, por el coronavirus y los virus intrahospitalarios. Por algo menor como esto, no iba a ir al hospital. Hace ciento y pico de días que estoy dentro de mi casa y sólo salí a hacer un par de compras”.
La primera acción de este veterinario cuando se rompió la oreja, fue intentar repararla por si mismo. “Me lo quise pegar con una cinta, pero no hubo caso. Era en la parte de atrás del pabellón y lo tenía dividido en dos. Y no me podía coser yo, sino lo hubiera hecho. Además, no tengo los elementos desinfectados y pequeños como los que usan los veterinarios que trabajan con perros o animales más chicos”.
La reacción del médico veterinario
“Como me negaba a ir al médico, mi mujer, Patricia, me dijo que consultara al veterinario de mi perro. Él está cansado de coser orejas, porque cuando se pelean, los perros se suelen rasgar ahí. Al principio no me quería atender, porque no está permitido que atendamos a seres humanos, ¡pero somos médicos! Y estudiamos con los mismos libros a veces, como farmacología. Yo le tenía confianza, y le dije que tenía que hacerlo: ‘¿cuántas orejas de perro cosés por año? ¡Hacé de cuenta que soy un perro!”.
Todo salió perfecto
El abuelo se ríe al contar la historia. “Me suturó perfecto, con material esterilizado que abrió en el momento, con agujitas delicadísimas, todo bien desinfectado. Y a pesar de los recovecos que tiene la oreja, me hizo seis puntos espectaculares. Es alguien con mucha experiencia. Ojo, yo no estoy minimizando a los médicos. Estoy valorizando a los veterinarios y defiendo mi profesión. Al que me cosió le tengo absoluta confianza y además, me hice responsable. Mis hijos me dijeron que era un animal, me retaron. Ahora estoy tomando antibióticos por cualquier infección secundaria, y tengo la vacuna contra el tétanos”.